Mis escritos

10 May

Cuando me vaya, sere un poema

By Pablus Monsoon

Tengo un cigarro en la boca, café en la mesa, resaca.

Anoche maté a una persona, sigo creándome demasiados enemigos.

Aquí, justo en el pecho tengo un agujero del tamaño de su nombre. Nada le reprocho, de ser esa persona, yo tampoco me hubiera enamorado de alguien como yo.

Alguien que escribe versos en los espejos húmedos del baño, que demuestra más amor en las posdatas que en los besos que hay después de los orgasmos, alguien que usa el silencio como arma arrojadiza y mide el amor en suspiros como si fuera aire. Soy alguien muy observador y sé reconocer fácilmente cosas que la gente no siempre aprecia que se sepan. Siempre terminan preguntándose “¿Cómo lo sabe?”. Esa capacidad de lectura de persona, me va a llevar a ser odiado.

Si unías con el dedo los lunares de su espalda y cerrabas fuertemente los ojos, podías ver tu propia muerte en tres dimensiones. Lo verdaderamente triste fue saber que yo no me iba a morir por esa persona.

Se peinaba con la mano, era un encanto y contaba delfines voladores para poder conciliar el sueño y me llamaba por cosas que no existen cuando yo estaba cansado de ser yo o decía “Me gustas” con los ojos cuando su lengua se ocupaba de mi boca o de otras partes…

Se peinaba con la mano y el flequillo con el aire de su aliento y jamás usaba cremas milagrosas para ser la persona más bonita de mis ojos. No necesitaba hacerse nada. Me encantaba así tal cual era.

Otro cigarro en la boca, otro café en la mesa, resaca. La soledad no es lo mismo desde que sabía que estabas.

 

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Me invento un atajo a su cintura del comedor al baño, en el espejo aún yacen los últimos versos. "Si no te tengo, siempre serás el amor de mi vida"

Te tuve y fui cruel. Y es que nunca he sido capaz de escribir sin dolor.

– El día que me vaya por fin seré un poema-

Eso me dijo, con esa seguridad de quién sabía que donde empezaba su mundo
acababa el mío. Y es que además de tener belleza siempre fue una persona muy inteligente.

 

   

Para ti, si, ahora

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24 Abr

La madre de todas las historias

By Pablus Monsoon

Hay una historia sin contar que muchos sospechan, una historia que se murmura en los pasillos más oscuros e incógnitos de los lugares a los que vaya, una historia que muchos prejuzgan, que a muchos parece interesarle, como si fuera antinatural, como si fuera diferente a ti o a mí.

Es una historia muy real, tan real como los sentimientos que la originaron, sentimientos muy inciertos y confusos, sentimientos que a veces intento negar.

Es una historia que aconteció sin la mirada del mundo, el único que la conoce soy yo, aunque muchos creen poder imaginarla.

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Es una historia que vive en mí y solo conmigo quiere morir. No quiere ser escuchada, no quiere aparecer en ningún libro, no quiere ser un poema, no quiere estar en ninguna boca, no quiere ser musa de nadie.

Es una historia silenciosa que me consume por dentro, una historia de mi vida que queda plasmada en un viejo estante polvoriento en algún diario olvidado dentro de mi mente. Es una historia que está debajo de mi piel, es una historia que fluye por mis venas salvajemente.

Es una historia que me acompaña, duerme a mi lado, sabe mis penas, me consuela, conmigo está feliz y, aunque no lo quiera, es la madre de todas mis historias.

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16 Mar

Pesadilla o realidad

By Pablus Monsoon

Un sonido como cuchillas se abre paso en tus oídos, la alarma de otro día de trabajo. Las luces de neón marcan las 03:35 a.m. y la música que elegiste de alarma hace unas semanas, ya empieza a cansarte y la odias un poquito más con cada día que pasa. Te pones a dar unas vueltas y piensas que hace un rato estabas muy lejos de todo eso, inmerso en otro espacio, en otro tiempo.

Tomas la fuerza de la obligación y te levantas. Escuchas el sonido ensordecedor de la soledad, esa que te acompaña hace varios años. Vas al baño y te miras al espejo, piensas en qué momento te hiciste tan pálido.

Y lo mismo de siempre, correr al colectivo, el chofer que te mira con cara de pocos amigos y el pequeño viaje de cinco minutos al trabajo. Llegas, te pones ese uniforme digno de un esclavo de la sociedad aunque a veces te hace sentir superior, pero siempre intentas recordar que estás para servir y no para ser servido.

Nunca sabes con qué te vas a encontrar, es un trabajo impredecible. Pero tu mente siempre es la misma, están las mismas preguntas e ideas dando vueltas. ¿La amo? ¿Sentirá ella lo mismo? La ambigüedad de relaciones te desconcierta. ¿Es un él o es una ella?

Las rutinas solitarias de ejercicio diario te hacen aún más sumergirte en esos pensamientos. A pesar de que tienes conocidos allí, ellos te conocieron obligadamente por ser compañeros de trabajo y le terminaste cayendo bien como para que tengan pláticas espontaneas de cómo estás y esas vulgaridades comunes.

De regreso a tu pequeño departamento, aquél que todavía no puedes llamar hogar, lamentas todos tus errores, esos que aún te persiguen y asechan. Esos errores que parecen nunca acabar de dejarte ver lo bueno de ese mal sueño llamado realidad.

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Te hechas en el sofá y prendes la notebook, buscas las series del día anterior televisadas en un país del norte que ves en diferido porque te crees superior a toda programación nacional. Pero ¿de qué sirven todos esos reflejos polvorientos que tratan acerca de la vida, del amor, la muerte y del destino? ¿Fueron suficientes para alcanzar tus sueños? Si al final te acobardaste argumentando que tenías otras cosas en mente.

El cansancio empieza a hacerse notar y tus parpados te pesan, sin darte cuenta caes rendido en el sofá. Tu espíritu está cansado y abandona tu cuerpo, sin darte cuenta el manto de la noche cae lentamente.

La noche –como tus años- pasa de largo, entretanto pasan los días sobre tu lugar adornado con fotos de una vida pasada, esos amigos que aunque están lejos, sigues queriendo, algunas fotos de personajes de series y fotos de tus padres y del menor de tus dos hermanos. El café endulza tus horas pero la vida va pasando.

Nuevamente te asalta el cansancio. Experimentas un ensueño difuso, real y volátil. En él, escuchas a un médico diagnosticarte alguna enfermedad extraña, peligrosa y tal vez aterradora ¿Era epilepsia? ¿Era cáncer? Hay un hospital inmortalmente blanco y una máscara de oxígeno.

Despiertas sobresaltado, sudando y con escalofríos. ¿Fue una pesadilla? Claro que lo fue, te dices a ti mismo.

Es uno de tus días libres, decides salir a caminar. El sol temprano te alimenta, fatigas largas veredas de baldosas desacomodadas de Buenos Aires, aquélla ciudad que aunque te vio nacer, no la consideras tu ciudad de origen porque no te criaste allí. Caminas por calles y avenidas. El tiempo pasa, pero las horas no. Cruzas puertas, parques, kioscos y jardines. La gente y los autos atraviesan la ciudad; tu mente, el firmamento. Percibes algo que en todos tus años jamás habías advertido, te preguntas si estaba oculto dentro de ti o ignorado ahí fuera. El crepúsculo mancha la tarde, tú ocupas un banco en la plaza vacía.

Al llegar a casa te hundes en tus sábanas blancas, acelerando el amanecer. Es sábado ya, pero las pesadillas son perseverantes. Esa noche te has sentido atrapado, sin poder ver y apenas respirar. Vuelves al espejo que arroja el mismo resultado de antes. Te gustaría que el espejo mintiese, pero al fin de cuentas un espejo solo ve la superficie, solo la apariencia.

Te miras al espejo y giras alrededor de tus propias mentiras. Todos estos años te has dicho sácate ese anillo de bodas, tíñete ese cabello, trágate esa valentía. Tus días habían estado saturados pero nunca de vida.

Y el tiempo pasa.

Recordar la escuela y tu breve paso por la universidad es inevitable, aquellos maravillosos años que nunca volverán. Te levantas en medio de la madrugada y abres tu viejo cuaderno, poemas y fragmentos de una hipotética novela se escurren en el papel. El deseo por escribir te consume. Lo haces libremente y sin pensar si vale la pena o no, como casi siempre.

Plasmas en el papel la esencia de lo aprendido estos días, desarrollas reflexiones puntuales sobre la vida y cómo crees tú que le podría servir a los demás. Tu ilusión crece mientras tu lápiz impasible rellena cada renglón vacío. El tiempo se evapora.

Despiertas una hora antes del amanecer, la hora más larga y más fría, con quince páginas repletas de tinta, textos largos, párrafos con puntos suspensivos, palabras tachadas y el cuello adolorido. Con agradable somnolencia te diriges hacia tu cama. La oscuridad te abraza con sus infinitos brazos y no escuchas nada más que tu respiración convulsiva. Recuerdos se amontonan en tu mente: Ariadna, tu trabajo, tu vida, tu familia y amigos, tu adicción, tu enfermedad.

Desesperado por salir, intentas romper a golpes las tablas que te dominan, tu cuerpo bañado en sudor frío pugna dentro del ataúd. Es inútil… Has consumido tus uñas rasguñando el cajón. Metes tu mano al bolsillo, descubres varias hojas de papel dobladas (¿quince?), están desgastadas y huelen a tinta. La penumbra te impide leer sus palabras escritas. Preguntas y respuestas sacuden frenéticamente tu cabeza.

¿Todo lo vivido anteriormente fue una pesadilla o realmente ocurrió? Además, ¿cuál sería la diferencia entre lo soñado y la realidad? ¿Dormías y recién despertaste o esto es sólo es una pesadilla más? Un tsunami de preguntas sin respuestas inundan tu mente y tu vacío corazón se llena, mientras respiras el último soplo de vida que te resta.

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07 Feb

El último rezo

By Pablus Monsoon | 3 comments

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El pobre idiota me disparó tres veces, pero al ver que seguía avanzando intento huir lloriqueando. Esa 9 mm, lujosa, lustrada, nueva, no tenía lo que tiene que tener un arma para detenerme. Los proyectiles picaron un poco pero atravesaron mi cuerpo como si nada y aún así seguí avanzando. Una cosa es clara: si se te ocurre dispararme, te mato. Así de simple.

Era un mocoso raquítico, escuálido, que parecía chileno o uruguayo, aunque las cercanías con la frontera chilena, podría confirmarme lo primero. Estaba jugando con la pistola sin hacer el menor gesto de discreción. Para los humanos, soy una autoridad competente. Pertenezco a una de las fuerzas con más prestigio del país. Sin embargo, este muchacho se me rió en la cara cuando le regañé. No tuvo mejor idea que dispararme como si fuera nada. Claro, el pobre creía que podía llevarse el mundo por delante.

Me alegré tanto al ver que su actitud cambió drásticamente cuando me acerqué a él. Estaba como para mearse en los pantalones, me llego a dar lástima por segundos. Pero mi humanidad es algo que suele apagarse fácilmente. Mi monstruo interior siempre gana. Corrió, intentó huir, se metió en uno de esos contenedores de basura que hay en los callejones. Con un golpe, le arranqué la pistola de la mano y con otro, le metí el puño en los intestinos.

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En su cara se dibujo esa expresión de “oh” y dolor que tanto me encanta. Se derrumbó con un curioso sonido que me provocó excitación y más adrenalina. Es como el sonido de un pájaro escuchado por su depredador. Le saqué la mano y estaba manchada de sangre y lo que sea que ese imbécil haya comido la noche anterior. Eso me quitó las ganas de vaciarle las entrañas. No me apetecía ni una gota de su sangre.

Me limpié como pude, me incliné sobre él y comencé a hablarle. Como si realmente me importara su vida…

“Escucha, imbécil, infeliz”, le comencé a decir. “Estás muerto. Desde el momento que te atreviste a dar el primer gatillazo, está bien, te entiendo. No sabías lo que era, lo que soy. No lo comprobarás tampoco. Pero voy a ofrecerte un trato. Antes, cuando vivía, solía ir a la iglesia. Y siempre pensé que la confesión era un buen camino para liberarnos de nuestras miserias y estar en paz con nosotros mismos… así que te voy a dar 10 segundos para que te confieses contigo mismo y después te voy a sacar de tus miserias. ¿Entendiste?”

El desangrado muchacho, asintió y comenzó a rezar. Yo comencé la cuenta regresiva…

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06 Feb

Alma oceanica

By Pablus Monsoon

Ese horizonte inmenso, totalmente inagotable. ¿Quién quiere detenerse ahí? La oscuridad a mi alrededor es solo cenizas de un mar soleado. Antes de mi tiempo, navegué durante miles de lunas llenas en un vasto negro océano.

Las sirenas me llaman, quiero sentir el océano, el azul, allí donde las pasiones se encuentran. Quiero ver dónde cantan, hipnotizarme, cabalgar delfines y que toda esa belleza haga una catarata sobre mí.

Muchas horas de soledad entre el océano y mi alma. ¿Debería vestirme de blanco y navegar los océanos? Como siempre soñé, uno con las olas. Alma oceánica.

Allí seguro lejos del mundo, en un sueño, con el tiempo detenido. Otra vez sentir la lluvia cayendo dentro de mí, limpiando todo lo que me he convertido. Tiempo de cortar la cuerda, perder el ancla y volar hacía un sueño, lejos en el océano.

Una señorita con un violín, tocando para las aguas. En algún lugar se revela mi destino. Solíamos nadar las aguas bajo la luz de la misma luna pero a océanos de distancia. Esencia de los océanos antes del despertar del mundo, brisa de mar, fresca. Me lleva profundamente dentro de un recuerdo azul.

Ghost-Ship

Un viaje inesperado a toda la fantasía, a la absoluta libertad, una conquista de amor por mí mismo, la conquista del miedo y a la soledad. Cuando enfrente los siete mares, todos los misterios serán revelados.

Una sirena de las profundidades cantó mi nombre, la brisa del océano la trajo hacía mí, una mariposa, un milagro único de vida y finalmente toda la poesía del mundo tiene sentido. Elevaré las velas una última vez, diciendo adiós al mundo porque anclarse es morir.

Ancla fuera del agua, navegando muy lejos. Arena en mis pies y una gran sonrisa en mi rostro, con esos ojos brillantes del horizonte aguado. Dejaré una marca en cada isla que vea.

La gracia de las sirenas, el llamado por siempre, un viajero, aprendiendo los cuentos de los mares. Yo sé la canción que entonan las sirenas y mi alma oceánica navegará por siempre con ellas. Donde sea que la brise me dé la bienvenida, allí estará mi corazón.

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