Relatos

10 Jun

En su soledad

By Pablus Monsoon

El sol se va poniendo en la ciudad. El centro está infestado de personas que, a toda prisa, van de un lugar a otro. Las luces se van encendiendo para iluminar la oscuridad que dejó el sol al irse. No parece que fuera a haber luna esa noche, aunque aún era temprano, quizás aún se encontraba oculta detrás de los edificios.

Él se detiene en la plaza principal, observa a los niños, tan inocentes en los juegos y piensa cuánto desearía volver a esa inocencia. Comienza su regreso a casa. Ya un poco apartado del centro, cerca de su barrio, observa un grupo de niños que vuelven a su casa corriendo para llegar a tiempo a la cena y evitarse uno que otro reto de su madre. Nadie se conoce en realidad.

Y entre medio del montón de gente, camina él, un alma solitaria sin saber a dónde dirigirse. Sus pasos resuenan diferente a los de los demás, porque no lo mueve ni la prisa ni la necesidad, tampoco la obligación pues no tiene (ni sabe) bien a dónde ir.

De vez en cuando, mientras camina, balancea las manos al ritmo que mueve sus pies mientras tararea el estribillo de una canción con la mirada perdida, señal que está totalmente sumido en lo más profundo de sus pensamientos. Recorre media ciudad sin prestar atención a lo que hay a su alrededor porque no es lo que le interesa. Tampoco sabe qué es lo que le interesa realmente y menos qué quiere.

Voltea la cabeza, mira a un punto fijo durante unos segundos y se da cuenta que ahí está él. Ese amigo que ya no es tan amigo, pero él aún lo aprecia como para tenerlo en cuenta aún cuando ese amigo parece ya no importarle.

Se deja caer recostado sobre la pared de un callejón para no tener que verlo. Le caen un par de lágrimas, se sonroja, se seca el sudor en la frente y cierra los ojos. Millones de recuerdos pasan por su mente a una velocidad vertiginosa. De golpe, abre los ojos, se seca las lágrimas y se promete a sí mismo, como tantas otras veces, que la indiferencia va a hacer tripas su corazón para sustituir al dolor.

Sacando fuerzas de ese último pensamiento se levanta y echa a caminar con dirección a casa. Y al entrar a casa, saluda con normalidad, se quita el abrigo y las zapatillas y sube las escaleras para refugiarse en su soledad, allí donde nadie lo pueda juzgar.

En la soledad de mi habitación, donde puedo ser yo mismo.-

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07 Feb

El último rezo

By Pablus Monsoon | 3 comments

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El pobre idiota me disparó tres veces, pero al ver que seguía avanzando intento huir lloriqueando. Esa 9 mm, lujosa, lustrada, nueva, no tenía lo que tiene que tener un arma para detenerme. Los proyectiles picaron un poco pero atravesaron mi cuerpo como si nada y aún así seguí avanzando. Una cosa es clara: si se te ocurre dispararme, te mato. Así de simple.

Era un mocoso raquítico, escuálido, que parecía chileno o uruguayo, aunque las cercanías con la frontera chilena, podría confirmarme lo primero. Estaba jugando con la pistola sin hacer el menor gesto de discreción. Para los humanos, soy una autoridad competente. Pertenezco a una de las fuerzas con más prestigio del país. Sin embargo, este muchacho se me rió en la cara cuando le regañé. No tuvo mejor idea que dispararme como si fuera nada. Claro, el pobre creía que podía llevarse el mundo por delante.

Me alegré tanto al ver que su actitud cambió drásticamente cuando me acerqué a él. Estaba como para mearse en los pantalones, me llego a dar lástima por segundos. Pero mi humanidad es algo que suele apagarse fácilmente. Mi monstruo interior siempre gana. Corrió, intentó huir, se metió en uno de esos contenedores de basura que hay en los callejones. Con un golpe, le arranqué la pistola de la mano y con otro, le metí el puño en los intestinos.

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En su cara se dibujo esa expresión de “oh” y dolor que tanto me encanta. Se derrumbó con un curioso sonido que me provocó excitación y más adrenalina. Es como el sonido de un pájaro escuchado por su depredador. Le saqué la mano y estaba manchada de sangre y lo que sea que ese imbécil haya comido la noche anterior. Eso me quitó las ganas de vaciarle las entrañas. No me apetecía ni una gota de su sangre.

Me limpié como pude, me incliné sobre él y comencé a hablarle. Como si realmente me importara su vida…

“Escucha, imbécil, infeliz”, le comencé a decir. “Estás muerto. Desde el momento que te atreviste a dar el primer gatillazo, está bien, te entiendo. No sabías lo que era, lo que soy. No lo comprobarás tampoco. Pero voy a ofrecerte un trato. Antes, cuando vivía, solía ir a la iglesia. Y siempre pensé que la confesión era un buen camino para liberarnos de nuestras miserias y estar en paz con nosotros mismos… así que te voy a dar 10 segundos para que te confieses contigo mismo y después te voy a sacar de tus miserias. ¿Entendiste?”

El desangrado muchacho, asintió y comenzó a rezar. Yo comencé la cuenta regresiva…

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11 Ene

Sangre en el alféizar

By Pablus Monsoon | 1 comment

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Hay sangre en el alféizar. No pasaría nada si la ventana en cuestión no estuviera en un 3er piso, pero tal y como están pasando las cosas últimamente, podría considerarse algo extraño. La policía va a darse cuenta, notará que no hay salida de emergencia ni cadáver en el callejón y empezará a hacer preguntas. Luego, cuando se den cuenta que el cuerpo en el sofá fue drenado de su sangre totalmente, lo sé, habrá más preguntas todavía. Alguien con colmillos terminará sumando dos y dos y estaré en problemas.

En las últimas semanas, pareciera que un viejo enemigo estuviera tratando de hacerme ver como el culpable de todos los crímenes públicos. Así que tengo que encargarme yo de la limpieza, porque en caso contrario, el encargado del edificio dará con el indicado, ya que él sabe de mi existencia y me terminará denunciando. La corte de vampiros usará esto como excusa para convertirme en cenizas. Desde que los desafié a no pertenecer a ellos, están buscando una excusa para expulsarme de toda sociedad. No tengo intención de ser crucificado.

Lo primero es destrozar el lugar en el mayor silencio posible. Queda algo de sangre en el cadáver, así que lo esparzo por todas partes con cuidado de no dejar marcas de mis botas. En el camino, guardo todas las cosas de valor, con la esperanza de que el policía de homicidios, encuadre el caso como un robo… en todo caso, llevará a los policías por el camino equivocado, si deciden investigar.

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Luego tiro el cuerpo por la ventana y espero los pocos segundos que tarda en llegar al piso, para escuchar ese agradable golpe contra el pavimento. Ahí vuelvo a perder mi humanidad. Caigo a través de la ventana, miro al cuerpo en una cómoda posición fetal, seguramente tendrá algunos huesos rotos, pero sin sangre no me produce nada.

Escucho las sirenas de la policía acercándose a gran velocidad entre sombras, me adentro en el callejón y me alejo de la luz. Los policías podrán ser rápidos, pero yo no trabajo con meras sombras, yo ejecuto directamente en la oscuridad y yo, soy más rápido que ellos.

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11 May

La profecia del Fenix

By Pablus Monsoon

El Fénix me tomó en sus garras, me llevó volando por encima del mundo, más allá del mañana para que pudiera observar el futuro. Y observé…

Vi nacer a los centinelas. Vi cómo masacraban nuestra raza, cazada más allá de la caza, muerta más allá de la muerte, vi morir a cada uno de nosotros. No habría más hijos de Caín. Está fue la Primera Señal.

Vi nacer a los humanos. Más y más. Hasta que Gaia tembló por tener que soportar todo su peso. Sus edificaciones, sus plantaciones… siempre intentando alimentarse de Ella. Gastándola, dejándola sin sustento, a diestra y siniestra, consumiendo sus recursos descontroladamente. Está fue la Segunda Señal.

Observé la Tercera Señal. Demasiados humanos. Se enfrentan unos contra otros. Un Profeta prometió mejorar las cosas pero solo trajo corrupción y guerras. Vi un extraño Fuego descontrolado alzarse entre los bosques, una inmensa Columna de Humo extendió la muerte más allá. Escuché la agonía del Mar moribundo, mientras Gaia tarareaba un lamento fúnebre.

Ahí empezó la Cuarta Señal. El Profeta era demasiado poderoso, sus alas abanicaban enfermedades, el Rebaño iba muriendo de a poco, los hijos nacían deformes, los animales morían sin razón aparente. Ni siquiera los centinelas fueron capaces de escapar.

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Cerré los ojos asqueado y con lágrimas en los ojos, el Fénix me mostró la Quinta Señal. Otras Columnas de Humo se alzaron hacía el Cielo, perforándolo, el Sol abrazó a Gaia. Incluso en la oscuridad del invierno hacía calor. Las plantas se marchitaron. Un grito de dolor surgió de los agónicos bosques, todos lloraron lágrimas de luto.

La Sexta Señal. El fuego hierve en las profundidades. Las cenizas surcan los cielos y el Profeta se mueve entre las sombras, asechando, listo para atacar.

No quise mirar más y cerré los ojos… pero no los necesitaba porque podía sentir la Séptima Señal. El Apocalipsis. Fuegos caían al suelo, quemando a todo ser vivo, el Profeta se manifestó en las torres, en los ríos, en la tierra, en los cielos. Tuvo hijos que corrían descontrolados, maldiciendo a todo el mundo, destruyendo, matando… y el Rebaño corría aterrorizado.

Volví a abrir los ojos y el Fénix me observó fijamente. “Así es como será pero no cómo debería ser”. Entonces me abandonó.

Ahora no puedo dormir, no puedo soñar. Todo lo que queda en mi mente son esas señales. Puedo recordar cada detalle, estos son los últimos días. Que Gaia se piade de nosotros.

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07 Ago

El último bar

By Pablus Monsoon | 2 comments

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Después de toda una vida de bares en bares, seguía prefiriendo perder el tiempo en un bar lleno de gente que le es indiferente con algo que emborracharse, a tener que perder el tiempo en cualquier otro lugar lleno de gente indiferente sin nada para emborracharse.

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Pero había algo distinto en aquél bar irlandés de la Plaza Armenia en Palermo. Algo que le decía que ese sería el último bar. ¿Pero qué pasó entonces? Pasó una mujer.

Una de esas mujeres que nunca terminan de pasar.

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